Yo Soy Beatriz.

El dolor y lo que no aceptamos

escrito por beatriz

archivado en Transformación

Creo que lo que hace difícil hablar del dolor es que es una experiencia tan subjetiva y desbordante que en el momento en el que más duele, cuesta integrar de la mejor forma las explicaciones sobre el dolor o cómo trascenderlo.

Normal.

Es decir, el dolor es una experiencia que se atraviesa. Es como un túnel oscuro e incierto del cual no sabemos ni cuándo, ni cómo vamos a salir. Ahora imagina que a ese túnel le añades una voz que no ves, una especie de eco, diciéndote que “nada es tan oscuro”, que “la salida llegará”, o que “tienes que seguir avanzando”.

Esa voz no te toca, te araña.

Es algo estridente y difícil de asumir porque al final, quien te habla no parece sentir ese dolor. Por eso, es natural que rechacemos frases y consejos sobre “cómo transitar el dolor”, porque llegan en el momento en el que a ti te duele, lo demás no importa.

Cualquiera puede dominar un sufrimiento, excepto el que lo siente.

– William Shakeaspeare

En este artículo, voy a hablar del dolor tratando no de arañar, sino de dejar unas palabras en reposo. Como una pequeña reverberación y la esperanza de que si estás en un momento así, puedas leerlo y encontrar algo de sentido.

¿Por qué nos duele?

Sí, aunque suene obvio, conviene preguntárselo…

Quizás porque se nos olvida que somos seres emocionales. Y ya sea por el ritmo del día a día, por las ganas de desconectar o porque simplemente, nos educaron así, muchas veces tendemos a no querer encararlo.

Pero la cuestión es que el dolor hace parte del viaje. Y es en sí, una parte sagrada.

No hay recuerdo, superación, ni historia que se haya compuesto sin notas de dolor. Es así y tiene que ser así. De hecho, cuanto más postergamos el dolor, más se acumula y más duele cuando todo el sistema colapsa.

Lo que hace que el dolor sea tan potente muchas veces es que no es en sí una emoción suelta. Si acaso es la suma de varias emociones bajas – tristeza, rabia, culpa, vergüenza, rechazo, abandono, injusticia… – que tratamos de encerrar en un cajón porque nos da la impresión de que tienen como único fin causar dolor.

Así expresado, quizás solo llegamos a la conclusión de que el dolor es entonces la consecuencia de un hecho externo que ha desencadenado todo un proceso de liberación de esas emociones bajas.

Y cuando llegamos a ese punto en el que todo se agolpa, es difícil salir de ahí. Incluso tendemos a esperar que otro hecho revierta todo lo negativo que estamos atravesando.

Por ejemplo: un despido que se resuelve con otro trabajo; un momento de vergüenza que se resuelve con un momento de superación; o algo tan simple como una discusión que se resuelve con un acercamiento.

Sin embargo, no todas las pérdidas pueden compensarse. Algunas pérdidas ya sean físicas o incluso simbólicas tienden a desencadenar un proceso que llamamos duelo.

¿Qué es el duelo?

De forma sencilla podríamos definir el duelo como el proceso psicológico, emocional y adaptativo que ocurre cuando perdemos algo significativo.

Es más, los propios teóricos del duelo establecen que el duelo dura como mínimo un año. Porque tienen que darse todas las “primeras veces”.

Si hablamos de un duelo de pareja por ejemplo, sería el primer día sin esa persona, la primera semana, el primer mes, cumpleaños, aniversario, navidades, el primer viaje, el primer año…

Aquí quiero recalcar la palabra “teoría”. Dado que el duelo es un proceso. No hay una fecha como tal de cierre. Nada que puedas marcar en el calendario.

Es más un camino en espiral. A veces estamos mejor y otras sentimos que hemos dado todos los pasos hacia atrás. Y ese tira y afloja durará lo que tenga que durar.

En mi caso, cuando empecé a trabajar en los duelos de mi vida, aprendí dos cosas muy simples:

1. El duelo, duele

Mi psicóloga lo mencionó así y pese a sonar obvio, nos negamos esta misma evidencia.

Si lo piensas, es normal. Porque no existe una “terapia” para el duelo. O mejor dicho, la propia terapia del duelo es la de acompañar a la persona que está atravesando ese camino. Es decir, tiene que doler. No hay vuelta de hoja. Y el reflejo más automático que tenemos a la hora de enfrentarnos a un duelo es negarnos a atravesarlo.

Es difícil entender que no hay palabras de consuelo. Y que la experiencia lo que reclama es vaciarse de ese dolor. Es dejarlo ir. Y pasar por todas esas emociones bajas propias del proceso: negación, miedo, rabia, negociación.

2. El duelo no se puede evitar, si acaso aplazar

Era algo que no sabía. Es más, el primer gran duelo que tuve que haber atravesado en mi vida debió de darse a los once años, cuando perdí a un familiar. Pero recuerdo que la incomprensión de la muerte se enquistó, y el proceso de duelo no concluyó. Ni ese, ni los que vinieron después.

Hasta que un día, muchos años después y con otro duelo, el grado de dolor fue tan alto que simplemente todo ello llamó a mi puerta.

Ya no la pude mantener cerrada y me quedé teniendo que enfrentar todo lo que no enfrenté empezando por esa misma primera pérdida.

Y ahí, en ese proceso de tener que atravesar mi dolor, llegué a pensar que no podría. Que tendría que vivir resignada a no entender, a no poder adaptarme a la nueva realidad y a vivir así.

Hasta que lo entendí.

El dolor no se debe evitar. Se debe aceptar.

Y esto es clave. Aunque de algún modo, explicar esta parte con palabras es harto difícil.

Porque cuando una persona te dice que no debes evitar el dolor sino aceptarlo, ahí es donde araña. Y la persona que está sufriendo es la que está siendo provocada por una frase obvia que te lo planta todo como si fuera muy fácil.

Como un: “Ah, ¿era eso? Pues muchas gracias por la información.

La reacción se vuelve cuanto menos colaborativa. Es como te decía al principio, tendemos a rechazarlo porque nos incómoda. La solución viene vestida de traje y te habla con una voz dulce que tú no puedes ni ver ni escuchar. Incluso, te resulta molesta. Es provocativa, impertinente y viene a deshora.

No conozco ningún caso en el que dicha frase haya provocado la rendición inmediata.

Y lo más curioso de todo, es que eso ya es de por sí bueno.

Si recuerdas lo que te dije al principio, el dolor es una suma de emociones bajas. Así que una frase así, le mete un punch a esas emociones y eso es lo que necesitas. Subir las revoluciones a ese dolor, para vaciarte de él.

Y justo llegamos al punto más crucial. Para mí, el verdadero punto de inflexión y donde el duelo deja de doler.

Cuando el dolor no solo duele, sino que enseña

Y es que existe un gap que lo cambia todo: el paso de la resignación a la aceptación.

Para mí, son dos caras de la misma moneda. Y llegados a este punto, te invito a coger el mapa de consciencia de Hawkings por si te ayuda a verlo con más claridad.

La resignación habla en clave de “tener que”:

  • Tengo que entenderlo.
  • Tengo que conformarme.
  • Tengo que olvidarlo.
  • Tengo que seguir adelante.
  • Tengo que vivir con ello.
  • Tengo que ser fuerte.

La resignación nos dice que el dolor no tiene sentido. Y puesto que no tiene sentido, tratar de encontrárselo es perder el tiempo. Es un callejón sin salida. Y tienes que seguir viviendo hasta que venga el siguiente duelo.

Hasta que te pasa como a mí y finalmente revientas (y menos mal).

La aceptación en cambio, es una invitación a algo diferente:

  • Es lo que ocurrió.
  • Es lo que siento.
  • Es la historia que me tocó vivir.
  • Es algo que no puedo cambiar.
  • Es una parte de mí.

…. pero puedo relacionarme con lo que me ha pasado de otra manera.

Es decir, la resignación soporta el dolor, pero la aceptación le hace sitio. Porque la resignación sigue viendo el dolor como un intruso, como algo que si no hubiera pasado, “estaría mejor”. Le niega el sentido impidiendo así que el dolor emerja de verdad.

La trampa del dolor

Cuando no dejamos que el dolor salga, creemos equivocadamente que lo estamos apartando de nuestra vida, pero en realidad, ahí es cuando empezamos a vivir a través de él.

Porque solo por extraer como conclusión algo como “sé que esto me va a doler, así que prefiero evitarlo”, ya te estás boicoteando. Le estás quitando la esencia a la experiencia que es vivir.

Nadie dice que el dolor no duela, que no incomode o que no sea preferible evitar. Claro que es preferible. Pero no funciona así. Mirar la vida creyendo que tenemos que resignarnos, nos hace seguir mirando al pasado con tristeza, rabia y miedo. Y por supuesto, nos hace seguir negociando con él.

No es de extrañar que cuando no has sanado ese dolor y la vida vuelve a meterte de lleno en una crisis, tú pienses que la solución estaba en tus acciones pasadas.

La aceptación en cambio no dice eso.

No dice que te mereces lo que te ha pasado, ni te lo pone bonito. Es más, no dice que si has aceptado dejará de dolerte. Solo deja de buscar que el pasado hubiese sido otro. Porque solo desde ahí las personas podemos avanzar realmente.

Avanzamos no cuando nos deja de doler, sino cuando dejamos de sufrir por ello.

Siento que hasta aquí llegan las palabras. Tal vez el grado de dolor es tan alto que lo que hay escrito aquí no toca, sino que araña. Pero como te decía, es de estos artículos que quizás guardan sentido cuando se vuelven a leer desde otro lugar.

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