Yo Soy Beatriz.

Propósito: ¿hacia dónde caminas?

Solemos imaginar el propósito como algo enorme. Algo que estamos destinados a hacer sí o sí.

Es como en una película cuando al protagonista, conocido hasta ese momento por ser un supuesto don nadie, le dicen que está destinado a hacer algo grandioso. Entonces su vida cambia y empiezan a ocurrirle cosas que, buenas o malas, le dan un sentido a su vida.

Parece que en los momentos en los que las personas nos sentimos rematadamente pérdidas y no sabemos qué hemos hecho o qué estamos haciendo con nuestra vida, nos gustaría que llegase alguien y nos dijera: “tú has venido a cumplir esta misión”.

Y en algo estoy de acuerdo.

Hay mucha diferencia entre una persona que tiene un propósito y una persona que todavía está probando y descubriendo a qué ha venido.

Y es que el propósito es el hilo conductor de nuestra vida. Es más, a veces parece que ese hilo viene perfectamente recogido en su bobina y trabajas con él sin enredos de ningún tipo.

Como esas personas que desde muy temprana edad saben qué quieren hacer y su propósito marca todas las decisiones de su vida.

Otras veces, parece que no existe bobina y el hilo está enredado de mil formas y la persona tiene el trabajo de deshacer primero. Es el caso de quienes no dan con su propósito y necesitan antes vivir deshaciendo nudos, para finalmente obtener ese hilo que da sentido a todo.

Pero el hilo existe en uno u otro caso. El propósito está ahí solo que no siempre somos conscientes o no préstamos demasiada atención. Y suele aparecer cuando hay coherencia entre quién eres, lo que valoras y cómo decides vivir.

El poder del propósito

Tengo una buena amiga que suele decir: “Hemos venido a jugar”. Y aunque en un primer momento pensé que se refería a apostar y arriesgarse, ahora sé que se refiere a disfrutar.

Al final, venimos al mundo por un tiempo determinado. Puestos a saber que hay un final, lo más “rentable” desde el punto de vista del Ser, es expandirse de la mejor manera posible.

Por eso, es un acierto encontrar aquello que de verdad nos motiva, se nos da bien y ayuda a los demás a partes iguales. Y de hecho, si con ello puedes ganarte la vida, mucho mejor.

Los japoneses llaman a esta forma de vivir Ikigai. Una que muestra cuál es “el motivo por el que te levantas cada mañana” y que responde a la pregunta: ¿Qué es eso que anhelas hacer y que le da un sentido a tu existencia gracias a la autorrealización?

Por eso, no se trata de la productividad, del éxito o del dinero. Eso si acaso son consecuencias de vivir en propósito. Pero sí se trata de una mayor dirección, más claridad, más resiliencia frente a los obstáculos y más sentido.

Desde ahí, la vida pega un giro de ciento ochenta grados.

Por eso, el propósito tiene el poder de cambiar una vida de supervivencia basada en las cero ganas, la cero motivación y la cero realización. A vivir una vida más alineada.

Cuando esto pasa, es cuando gira las ruedas de la creatividad , la abundancia y de la materialización.

Por eso importa.

Porque el momento en el que por fin sientas qué es eso que quieres realmente hacer, llegará. Y la pregunta ya no será “¿A qué he venido?” sino más bien “¿Cómo cambia mi vida en función de si decido apostar por mi propósito o no?”

Qué ocurre cuando renegamos del propósito

Yo he sido una de estas personas.

No solo por pensar que el propósito no es tan importante o que no marca una diferencia en el día a día. Sino porque he querido evitar la cuestión durante muchos años.

La presión de no saber qué me apetecía hacer realmente en la vida, fue en aumento cuando, tiempo después de acabar los estudios, seguía sin saberlo.

Ver a personas que lo tenían claro, y ya no desde temprana edad, sino después de haber vivido y encontrarse en la edad adulta, me hacía preguntarme qué pasaba conmigo. Como un “¿Será que no hay nada que me motiva hacer en el fondo?”.

He sentido durante mucho tiempo que no había un hilo conductor en mi vida. Y la decisión que tomé en su momento, fue más una huída hacia adelante. Algo tipo: “Bueno, no tengo por qué saberlo. Quizás el propósito no es tan importante”.

Esa fue una de las razones por las que empecé a vivir en piloto automático.

Lo que nadie cuenta de vivir en piloto automático es que es un conducto cerrado. No hay válvula de escape. Nada se drena, solo llega un día en el que la reserva está llena y como un vaso, a poco que le añadas una gota más, todo desborda.

Es entonces cuando te das cuenta de que has ido acumulando y acumulando sin preguntarte absolutamente nada sobre si eso que estaba pasando en tu vida, era lo que realmente querías.

Y resulta confuso porque cuando llega la crisis, la reflexión suele ser “Yo solo quería seguir adelante porque no veía sentido a quedarme parada”.

Y eso es de las cosas más humanas que te puedan pasar.

Pero esa crisis, lejos de querer cebarse contigo, viene para precisamente, acercarte más a la forma de encontrar ese propósito que tienes. Esa tarea que como hemos dicho antes, te gusta, se te da (muy) bien –aunque quizás todavía no seas realmente consciente– y con la que puedes ayudar a otras personas.

Todo tiene un propósito y una razón de ser. Y en el caso de las crisis, el propósito es enseñarte algo, grande o pequeño, pero que lo cambia todo.

Solo hay que escuchar.

Por eso, vivir renegando del propósito te hace vivir aparte, tener momentos de vacío y perseguir sueños que no son los tuyos.

Y tratando de bajarlo lo más a tierra posible, no se trata de decir “cuando no vivimos en nuestro propósito”, sino más bien “cuando dejamos de escucharnos”. Porque es cuando no nos escuchamos que realmente nos alejamos de lo que más nos importa.

¿Qué ocurre cuando vivimos en propósito?

En el momento en el que encontramos ese porqué que hace que nos levantemos cada mañana, la forma en la que nos enfrentamos a lo que nos pasa en el día a día cambia.

“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”

– Viktor Frankl - El hombre en busca de sentido

No porque desaparezcan los problemas. Eso no solo es imposible, sino que va en contra del propio principio de la autorrealización.

Lo que ocurre es que los problemas existen, pero la persona siente la capacidad de resolverlos.

Creer que el propósito implica que tu vida ya ha encontrado un sentido y que ya está todo, es un error. El propósito no elimina el esfuerzo, sino que le da contexto.

Y desde ahí, esforzarnos se vuelve un reto, pero uno que tiene sentido.

Como cuando vas al gimnasio y el primer día tratas de levantar diez kilos. Cuesta, pero sabes que después vienen quince, veinte, treinta o cincuenta kilos.

Cuando vivimos en propósito sentimos que estamos alineados con quienes somos en verdad. Por eso la búsqueda de propósito no habla tanto de una búsqueda profesional, material o simplemente pragmática (aunque pueda serlo), sino de una forma de mirarnos más en el fondo para descubrir qué es lo que podemos ofrecernos a nosotros y a los demás.

Si una persona llega a ese nivel de coherencia interna, no hay marcha atrás.

Ya no depende de sobrevivir en el día a día.

Incluso, como te decía, se aprecia aquello que antes a uno mismo le costaba ver. Esa confusión, desidia y apatía que podemos llegar a sentir, vuela muy lejos de nosotros cuando encontramos ese “por qué vivir”.

El problema de buscarlo obsesivamente

Si estás en el momento en el que sientes que no has encontrado el propósito, te diré dos cosas.

No te preocupes

No saber realmente cuál es tu propósito no significa que algo ande mal. Significa que hay cosas que se pueden mirar más a fondo.

Deja de pensar en el propósito como algo enorme

Eso solo mete presión y puede degenerar precisamente en una mayor frustración y resistencia para que sea lo que sea que tenga que venir, venga.

Hay personas tan preocupadas por encontrar su propósito que dejan de vivir. Se quedan en el eterno análisis, la comparación, la búsqueda de alguna señal y esperan la certeza absoluta antes de emprender el simple viaje de “probar”.

Y es que el propósito no aparece cuando lo buscamos a la fuerza, sino cuando nos damos permiso para experimentar. Si lo buscas obsesivamente y con agobio, estás evitando precisamente eso: vivir.

No creo que el propósito aparezca mirando hacia adelante, sino mirando hacia dentro. Y reconozco que esa no siempre es tarea cómoda, pero… “c’est la vie”.

Y por muy desagradable que pueda parecer en un primer momento, la realidad es que es el mayor favor que la vida puede hacernos.

Entender que los grandes eventos, los mayores descubrimientos y las mayores sensaciones de paz vienen de mirarnos a nosotros mismos y nosotras mismas en el fondo, es el mayor regalo que la vida misma nos ofrece.

Míralo de esta manera.

Casi nadie sabe qué hacer a los veinte. Pero pasado el tiempo, quizás a los cuarenta, le resuena mucho más la frase: “Ahora entiendo por qué tuve que pasar por ahí”.

De modo que mejor no obsesionarse. La búsqueda de propósito no viene a recordarte que si no sabes ya a qué has venido, estás perdiendo tu tiempo en la vida. Al revés, viene a invitarte a que aproveches el tiempo para descubrirlo. Sin juicios, sin arrepentimientos y sin reproches.

Puedes hallar tu propósito a los ochenta años y dedicar el tiempo que queda a él, que no habrás malgastado tu vida. De hecho, bien merece un camino de búsqueda para finalmente sentir que has llegado a donde te correspondía.

Todos los artículos sobre el propósito

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