Sé de una que está harta de todo

escrito por beatriz

archivado en Abundancia

A veces creo que la Madre Tierra intenta decirnos que nos estamos pasando de la raya.

No me parece una creencia muy absurda. Primero por todas las catástrofes climáticas que estamos viviendo cada vez mayores y frecuentes.

Y segundo porque si lo pensamos, no puede sorprendernos que la propia Tierra se queje.

Sequías, incendios, lluvias torrenciales e inundaciones, cambios en el nivel del mar, tornados. Y formas aparentemente casuales como terremotos y tsunamis.

Podemos llamarlo cambio climático, desequilibrio energético o fenómenos metereológicos extremos.

A mí personalmente me da igual el nombre, solo me quedo con la observación. Y lo que observo es que hay fenómenos que si bien han ocurrido siempre, se están empezando a aglutinar en un lapso de tiempo más inmediato.

Habrá quién diga que esto no es así, sino que hay más ojos que miran y que reportan los fenómenos. Como digo, a mí me da igual quién tiene razón, pero sí en cambio, me interesa una reflexión.

He estado mirando algunas cosas (por aquello de que me gusta leer) y lo interesante es que, desde el punto de vista científico, el planeta no difiere mucho de un ecosistema u organismo como puede ser el propio ser humano. Si no se cuida, enferma.

O incluso, si no se agradece y solo se intenta poseer, se malogra.

Eso sí tiene mucho de humano.

Pero para quienes puedan pensar que no hay que humanizar la Tierra, que son hechos aislados, que siempre han existido, que el planeta sabe reponerse, etc., me viene a la mente una hipótesis ya formulada.

La hipótesis Gaia

Según esta hipótesis formulada a finales de lo 60 por el químico James Lovelock y expandida por la bióloga Lynn Margulis, la Tierra funciona como un sistema complejo autorregulado que mantiene las condiciones óptimas para la vida.

Para mí hay algo especialmente sugerente en la hipótesis Gaia: propone mirar la Tierra no como un simple escenario donde ocurre la vida, sino como un sistema en el que la vida y el entorno se modifican mutuamente.

Y salvando las enormes distancias, esto recuerda bastante al funcionamiento de nuestro propio organismo.

  1. Autorregulación.

    Al igual que nuestro cuerpo trata de mantener determinadas variables dentro de rangos compatibles con la vida: temperatura, pH, glucosa, oxígeno…, la Tierra también contiene procesos de retroalimentación capaces de estabilizar determinadas condiciones ambientales durante largos periodos.

  2. Interdependencia.

    En el caso del ser humano, podemos afirmar que ningún órgano funciona de manera aislada. Y en el sistema terrestre tampoco es posible separar del todo atmósfera, océanos, rocas, microorganismos, plantas o animales. Es más, nosotros formamos parte de este mismo sistema y nuestra propia actividad ha transformado profundamente la composición atmosférica y el clima terrestre.

  3. Adaptación y transformación

    La vida no solo afirma que existimos, sino que nos adaptamos al entorno. Y en esa adaptación también hay modificación. Nosotros formamos parte de este mismo sistema y nuestra propia actividad ha transformado profundamente la composición atmosférica y el clima terrestre. Y es que con la vida ocurre algo parecido a escala planetaria: los organismos evolucionan condicionados por su medio y, al mismo tiempo, su actividad modifica ese medio.

Dicho esto, quizás la diferencia está en que cuando nuestro cuerpo pierde su equilibrio entendemos rápidamente que algo ocurre.

Lo llamamos síntoma.

Pero cuando quien cambia es el sistema del que formamos parte, parece costarnos más reconocernos dentro del problema.

Es decir, llamarnos a nosotros mismos “síntoma”.

Por eso, ¿qué cambia cuando dejamos de concebir la Tierra como el lugar en el que vivimos y empezamos a concebirnos como una parte de su sistema?

Mucho antes de Gaia estaba la Pachamama

La Pachamama es un concepto que pertenece a las cosmovisiones andinas, considerada una diosa madre omnipresente que representa la naturaleza, el universo, la fertilidad, el espacio y el tiempo.

Según esta cosmovisión, la Tierra deja de ser escenario y pasa a formar parte de la relación.

Ya no es solo pensar que “la tierra me proporciona alimentos”, sino más bien “recibo de la tierra, y por tanto, existe una reciprocidad”.

Por eso existen prácticas de ofrenda y agradecimiento a Pachamama. No es solo “ecologismo indígena”. O si se quiere llamar así, adelante, pero para mí estamos hablando de vivir en la humildad del Ser que deja de ser egoísta con el ecosistema al que pertenece y del cual obtiene mucha riqueza.

Poseer o relacionarnos

A día de hoy para mí existen dos miradas muy distintas hacia el planeta.

  1. La Tierra como recurso: ¿Qué puedo extraer de ella?
  2. La Tierra como relación: ¿Qué recibo de ella y qué devuelvo?

Yo creo que llevamos décadas (tirando a siglos) quedándonos en esa primera mirada, queriendo que la Tierra nos provea todo, sin dar tanto a cambio.

Y eso a mí no me parece casual.

Para mí (que creo que estamos llegando muy lejos en este asunto con respecto a cómo tratamos a la madre tierra) existe un desenlace que me parece inevitable. Y no es el deterioro de nuestro propio ecosistema, sino más bien la toma de consciencia que nos abre los ojos y nos hace preguntarnos “¿Qué estoy devolviendo a cambio?”.

Nos estamos pasando de la raya como seres que habitan un lugar lleno de recursos, sin siquiera agradecer, proveer y prevenir lo que le pueda pasar.

Y ojo, porque eso no quita que hay muchas personas que ya han tomado consciencia, avisan, inculcan y trabajan para vivir de una relación sana con la Pachamama. Pero son menos frente a quienes lo malogran, incluso de manera inconsciente.

Yo he empezado a escribir este artículo sin haberme planteado siquiera estas preguntas. Y por el soplo de inspiración tras las catástrofes naturales que estamos presenciando, he querido escribir sobre un malestar, hasta llegar a la invitación de “más reciprocidad con aquello que nos sostiene, por favor.”

Quizás el problema no es que la Tierra esté enferma

Pese al pésimo papel que lleva teniendo el ser humano respecto a esto, existe un tipo de justicia poética.

Y es que desde el punto de vista ecológico, hay algo fascinante: la Tierra seguirá existiendo sin nosotros.

Al final, somos una piedra en el zapato para la naturaleza. La Tierra ha atravesado extinciones masivas, glaciaciones, impactos de asteroides y transformaciones brutales durante miles de millones de años.

Los más vulnerables, con ínfulas de superioridad somos nosotros.

De hecho, hablamos de tener que salvar el planeta, volviendo a colocarnos en el centro. Pero la realidad es que la Tierra no necesita ser salvada de desaparecer. Lo que nosotros sin embargo necesitamos, para que esta misma Tierra no acabe de darnos la merecida patada, es dejar de deteriorar las condiciones que nos permiten formar parte de ella.

O al menos que recordemos que dejemos de tratar como una posesión, aquello de lo que dependemos.

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